domingo, 13 de marzo de 2016

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ: "LA FORMA DE LAS RUINAS"


Si hace unos días declaraba mi poco justificada prevención frente a la narrativa femenina, hoy me confieso apasionado seguidor de la narrativa colombiana, la escrita por autores colombianos. Pero en este caso creo que mi manía puede explicarse mejor, o más racionalmente. 

Por motivos profesionales, residí en Bogotá casi cuatro años, entre 1999 y 2002. Al poco de instalarme encontré, muy cerca de mi apartamento, una pequeña librería, La caja de herramientas. No era la más importante ni la más surtida de la ciudad, pero desde que entré allí por primera vez sentí que iba a ser mi librería bogotana. Hoy sé que, lamentablemente, cerró en 2008.

Como parte de mi inmersión  en la realidad local, decidí conocer la narrativa autóctona. Recuerdo que pedí a la elegante librera que regentaba aquello "novelas de autores colombianos que no fueran ni García Márquez ni Álvaro Mutis", consagrados escritores de quienes ya conocía casi todo lo publicado. Así accedí a autores a los que he
seguido fiel hasta hoy: Darío Jaramillo Agudelo, insigne poeta y excelente narrador; Héctor Abad Faciolince, cuya novela-documento El olvido que seremos creo que supone la cumbre de su carrera literaria (de momento); Santiago Gamboa, agudo narrador en novelas y cuentos; Daniel Samper, articulista de referencia y novelista de humor anglo-colombiano; Alfredo Iriarte, escritor satírico y amante del humor negro; William Ospina, prestigioso ensayista y autor de una exitosa y épica trilogía sobre la conquista del Amazonas; Germán Espinosa, soberbio cuentista y quizás inferior novelista. Otros escritores me gustaron entonces pero ya no los sigo tanto; es el caso de Laura Restrepo o Fernando Vallejo

En las novelas de todos ellos encontré el reflejo de una realidad social apasionante y para mí desconocida: la violencia ancestral presente tanto en el ambiente rural como en el citadino, el narcotráfico y su irrupción en la economía colombiana , el germen de las guerrillas y su deriva posterior, el fenómeno de los desplazados, los deseos de normalidad socio-política por parte de las nuevas generaciones. Y, sobre todo, una prosa cuidada, un castellano bellísimo, un sólido sustrato cultural muy superior al que yo, en mi ignorancia, había adjudicado a Colombia.

Aquellas lecturas fueron para mí una verdadera epifanía. Desde entonces siento una imperiosa curiosidad por leer todo lo que aquí aparece de esos autores y de otros que no conocí allí pero que tienen algo que inmediatamente los cualifica: son colombianos. Vale, sí, lo admito, no es algo racional como anunciaba al principio, es visceral.

Siguiendo esta afición, llegué a Juan Gabriel Vásquez en el 2004, cuando Alfaguara publicó en España Los informantes, su tercera novela (había publicado en Bogotá Persona (1997) y Alina suplicante (1999), pero mi librera colombiana no tuvo a bien hablarme de este autor. Lástima). Fascinación total. Era novela, historia, investigación, testimonio y, en algunos párrafos, poesía narrativa. Era literatura total. Busqué rápidamente su anterior libro de cuentos, Los amantes de todos los santos (2001), de ambiente europeo, que me gustó menos. Pero mi interés no decayó; en cuanto se publicó Historia secreta de Costaguana (2007) la leí con avidez y ratifiqué mi primera impresión: todo un señor escritor que combinaba magistralmente la Historia (con mayúsculas) con la historia posible, más que ficcional, alternativa pero verosímil. A partir de ahí he leído muchos de sus artículos en prensa, algunos recogidos en El arte de la distorsión (2009), así como su producción novelística: El ruido de las cosas al caer (2011), y Las reputaciones (2013).

Y ahora llega La forma de las ruinas. Y es como si todo su excelente trabajo anterior no hubiese sido sino una mera preparación, una colección de bocetos, de textos "en borrador" hasta llegar a la confección de su gran obra. Como en sus novelas previas, su territorio es el de la autoficción, género o estructura narrativa que abunda en la reciente producción de muchos novelistas. Terreno indefinido entre la autobiografía, el reportaje periodístico y la ficción histórica, muy discutido entre los críticos literarios y que requiere  de una serie de pactos de lectura para degustar y entender esa característica mezcla de hechos y sentimientos. Juan Luis Cebrián, en artículo publicado en El País (12 de marzo 2016)  sitúa el problema y lo resuelve a favor de la mixtura: 
[...] el reportaje o la crónica típicamente periodísticos pueden y deben servir para narrar los hechos, pero la descripción de los sentimientos tiene su residencia privilegiada en la ficción. Es así como somos capaces de descubrir un territorio tan ignorado por nosotros como esperado por quienes nos rodean, que es el de la imaginación. "La libertad del arte -escribe Carlos Fuentes- consiste en enseñarnos lo que no sabemos. El escritor y el artista no saben: imaginan. (...) Quien sólo acumula datos veristas, jamás podrá mostrarnos como Cervantes o como Kafka, la realidad no visible y sin embargo tan real como el árbol, la máquina o el cuerpo".
Dos magnicidios son el eje argumental de la novela: el de Rafael Uribe Uribe (1914) y el de Jorge Eliécer Gaitán (1948), ambos, próceres colombianos en tiempos políticamente
convulsos. Pero el interés de la narración no radica en los hechos en sí, o en cómo han quedado asentados en la Historia, sino en la plausible teoría conspiratoria que los une. En los dos casos, los asesinos directos fueron identificados; juzgados y condenados, los de Uribe; linchado el de Gaitán. Gente humilde, alejada de los resortes del poder: ¿lobos solitarios?, ¿histéricos?, ¿desesperados?, ¿o esbirros al servicio de intereses nunca desvelados?

Prácticamente la mitad de la novela describe el proceso mediante el cual el autor (convertido en narrador en primera persona) pasa del racional escepticismo y la pereza ante las teorías conspiratorias del loco personaje Carlos Carballo, a un mínimo nivel de aceptación que le induce a profundizar en ellas. Aunque extensa, me parece necesaria esta sección: todos albergamos esas mismas dudas y esa misma pereza cuando leemos las locuras y rumores que circulan con respecto a atentados, accidentes o hechos trágicos. Es necesario un proceso de aceptación, que puede ser más o menos largo. Además, Vásquez plasma un utilísimo ejercicio metanarrativo al informar al lector de los hechos de su propia vida en ese periodo (varios años en su caso), de sus cambios de residencia, de sus problemas personales, de la génesis de sus novelas en ese tiempo. La novela describe su propio proceso de creación, de materialización física. Todo un documento literario. 

La otra mitad indaga en los dos asesinatos indicados. Tanto en su realidad histórico-periodística, como en su realidad alternativa, posible y cuasi-demostrada, pero oculta hasta el punto de no ser Historia, sino rumor conspirativo propio de locos y conspiranoicos. En un momento de máxima intensidad, el personaje antes mencionado le dice al incrédulo Vásquez:
Hay verdades débiles, Vásquez, verdades frágiles como un niño prematuro, verdades que no se pueden defender en el mundo de los hechos probados, de los periódicos y los libros de Historia. Verdades que existen aunque se hayan hundido en un juicio o aunque las olvide la memoria de la gente. [...] Eso que usted llama Historia no es más el cuento ganador, Vásquez, Alguien hizo que ganara ese cuento y no otros, y por eso le creemos hoy. O más bien: le creemos porque quedó escrito, porque no se perdió en el hueco sin fin de las palabras que sólo se dicen, o peor aún, que ni siquiera se dicen, sino que sólo se piensan. [...] no son ficciones, son muy reales: tan reales como cualquier cosa que se cuente en los periódicos. Pero no sobreviven. Se quedan por ahí, sin que nadie las cuente. Y eso es injusto. Es injusto y es triste (Pág. 488).
Más adelante, cuando el autor-narrador va impregnándose de lo que lee, ve y reconoce, reflexiona:
"En política, nada pasa por accidente", dijo una vez Franklin Delano Roosevelt. "Si sucede, es porque así se planeó". [...] Es tan aterradora la idea de que otros sepan ahora mismo que sucederá algo malo y no hagan nada para evitar el daño, es tan espeluznante incluso para quienes ya hemos perdido toda inocencia y hemos dejado atrás toda ilusión con respecto a la moralidad humana, que solemos tomar esa visión de los hechos como un juego, un pasatiempo para desocupados o crédulos, una estrategia inveterada para mejor lidiar con el caos de la historia y la revelación, ya mil veces probada, de que somos sus peones o sus marionetas. A la visión conspirativa respondemos entonces con nuestro bien entrenado escepticismo y con un punto de ironía [...] (Pág. 537).
Pero a esa verdad oculta no le basta un interés genérico y altruista para ser perseguida y desenterrada; necesita habitualmente de un motivo personal, de algo que afecte íntimamente al perseguidor de fantasmas. La razón que se apunta en la novela afecta a la historia colombiana, pero tiene un claro reflejo en nuestra actualidad española:
Es rara, la necesidad de una tumba. Es raro lo mucho que una tumba tranquiliza. Yo nunca he tenido esa tranquilidad de saber donde está ese cuerpo. Y no saber dónde están nuestros muertos es un tormento callado, un dolor por ahí metido, y jode mucho la vida. En realidad, lo que jode mucho es que no pase con nuestros muertos exactamente lo que queremos que pase. Es como si la muerte fuera el momento en que uno siente que ha perdido del todo el control sobre algo, porque claro, si pudiera evitar la muerte de un ser querido, siempre lo haría. La muerte nos quita el control. Y luego queremos controlar hasta el último detalle de lo que pasa después de la muerte. El entierro, la cremación, hasta las putas flores, ¿verdad? Mamá no tuvo esa posibilidad, y eso la atormentó siempre. (Pág. 531-2).
Si algo puede decirse en demérito de esta novela es, quizá, su falta de originalidad tanto en trama como en estructura. Varias novelas recientes tratan el tema de los magnicidios,
o construyen la narración con esquema autoficcional, o incluso hacen ambas cosas. En primera persona, y también con el autor como narrador, Héctor Abad Faciolince refiere en su lírica El olvido que seremos (2006) el asesinato de su padre en Medellín en 1987. El par hechos-sentimientos está siempre presente en este poético texto. La conspiración que culmina con el asesinato de Trotsky es el tema elegido por Leonardo Padura en El hombre que amaba a los perros (2009). Novela excelente, se separa de la que comentamos en la distancia que toma el autor, al interponer un narrador ficcional distinto del propio autor. Javier Cercas, en El impostor (2014) no trata asesinato alguno, sino la absorbente historia del Enric Marco, quien fingió toda su vida ser un superviviente de campos de concentración nazis. Pero adopta también la figura del autor-narrador y sigue el mismo esquema de novela que noveliza la propia confección del texto que el lector tiene en sus manos. Con el mismo esquema, Antonio Muñoz Molina en Como la sombra que se va (2014) investiga la figura de James Earl Ray, asesino de Martin Luther King, al tiempo que reflexiona sobre sus anteriores novelas y su propia vida privada. Siendo todas ellas obras magníficas, creo que Vásquez logra superarlas con la suya.

Léanla. Vale la pena.

Si tuviese oportunidad de volver a La caja de herramientas en busca de escritores colombianos poco conocidos, pediría "autores que no sean los consagrados García Márquez, Álvaro Mutis o Juan Gabriel Vásquez". Porque, si se me permite el lenguaje futbolístico... Vásquez juega ya en esa liga.

1 comentario:

  1. Gracias, Alberto. Buenísimas tu recensión y tu crítica.

    ResponderEliminar