domingo, 13 de marzo de 2016

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ: "LA FORMA DE LAS RUINAS"


Si hace unos días declaraba mi poco justificada prevención frente a la narrativa femenina, hoy me confieso apasionado seguidor de la narrativa colombiana, la escrita por autores colombianos. Pero en este caso creo que mi manía puede explicarse mejor, o más racionalmente. 

Por motivos profesionales, residí en Bogotá casi cuatro años, entre 1999 y 2002. Al poco de instalarme encontré, muy cerca de mi apartamento, una pequeña librería, La caja de herramientas. No era la más importante ni la más surtida de la ciudad, pero desde que entré allí por primera vez sentí que iba a ser mi librería bogotana. Hoy sé que, lamentablemente, cerró en 2008.

Como parte de mi inmersión  en la realidad local, decidí conocer la narrativa autóctona. Recuerdo que pedí a la elegante librera que regentaba aquello "novelas de autores colombianos que no fueran ni García Márquez ni Álvaro Mutis", consagrados escritores de quienes ya conocía casi todo lo publicado. Así accedí a autores a los que he
seguido fiel hasta hoy: Darío Jaramillo Agudelo, insigne poeta y excelente narrador; Héctor Abad Faciolince, cuya novela-documento El olvido que seremos creo que supone la cumbre de su carrera literaria (de momento); Santiago Gamboa, agudo narrador en novelas y cuentos; Daniel Samper, articulista de referencia y novelista de humor anglo-colombiano; Alfredo Iriarte, escritor satírico y amante del humor negro; William Ospina, prestigioso ensayista y autor de una exitosa y épica trilogía sobre la conquista del Amazonas; Germán Espinosa, soberbio cuentista y quizás inferior novelista. Otros escritores me gustaron entonces pero ya no los sigo tanto; es el caso de Laura Restrepo o Fernando Vallejo

En las novelas de todos ellos encontré el reflejo de una realidad social apasionante y para mí desconocida: la violencia ancestral presente tanto en el ambiente rural como en el citadino, el narcotráfico y su irrupción en la economía colombiana , el germen de las guerrillas y su deriva posterior, el fenómeno de los desplazados, los deseos de normalidad socio-política por parte de las nuevas generaciones. Y, sobre todo, una prosa cuidada, un castellano bellísimo, un sólido sustrato cultural muy superior al que yo, en mi ignorancia, había adjudicado a Colombia.

Aquellas lecturas fueron para mí una verdadera epifanía. Desde entonces siento una imperiosa curiosidad por leer todo lo que aquí aparece de esos autores y de otros que no conocí allí pero que tienen algo que inmediatamente los cualifica: son colombianos. Vale, sí, lo admito, no es algo racional como anunciaba al principio, es visceral.

Siguiendo esta afición, llegué a Juan Gabriel Vásquez en el 2004, cuando Alfaguara publicó en España Los informantes, su tercera novela (había publicado en Bogotá Persona (1997) y Alina suplicante (1999), pero mi librera colombiana no tuvo a bien hablarme de este autor. Lástima). Fascinación total. Era novela, historia, investigación, testimonio y, en algunos párrafos, poesía narrativa. Era literatura total. Busqué rápidamente su anterior libro de cuentos, Los amantes de todos los santos (2001), de ambiente europeo, que me gustó menos. Pero mi interés no decayó; en cuanto se publicó Historia secreta de Costaguana (2007) la leí con avidez y ratifiqué mi primera impresión: todo un señor escritor que combinaba magistralmente la Historia (con mayúsculas) con la historia posible, más que ficcional, alternativa pero verosímil. A partir de ahí he leído muchos de sus artículos en prensa, algunos recogidos en El arte de la distorsión (2009), así como su producción novelística: El ruido de las cosas al caer (2011), y Las reputaciones (2013).

Y ahora llega La forma de las ruinas. Y es como si todo su excelente trabajo anterior no hubiese sido sino una mera preparación, una colección de bocetos, de textos "en borrador" hasta llegar a la confección de su gran obra. Como en sus novelas previas, su territorio es el de la autoficción, género o estructura narrativa que abunda en la reciente producción de muchos novelistas. Terreno indefinido entre la autobiografía, el reportaje periodístico y la ficción histórica, muy discutido entre los críticos literarios y que requiere  de una serie de pactos de lectura para degustar y entender esa característica mezcla de hechos y sentimientos. Juan Luis Cebrián, en artículo publicado en El País (12 de marzo 2016)  sitúa el problema y lo resuelve a favor de la mixtura: 
[...] el reportaje o la crónica típicamente periodísticos pueden y deben servir para narrar los hechos, pero la descripción de los sentimientos tiene su residencia privilegiada en la ficción. Es así como somos capaces de descubrir un territorio tan ignorado por nosotros como esperado por quienes nos rodean, que es el de la imaginación. "La libertad del arte -escribe Carlos Fuentes- consiste en enseñarnos lo que no sabemos. El escritor y el artista no saben: imaginan. (...) Quien sólo acumula datos veristas, jamás podrá mostrarnos como Cervantes o como Kafka, la realidad no visible y sin embargo tan real como el árbol, la máquina o el cuerpo".
Dos magnicidios son el eje argumental de la novela: el de Rafael Uribe Uribe (1914) y el de Jorge Eliécer Gaitán (1948), ambos, próceres colombianos en tiempos políticamente
convulsos. Pero el interés de la narración no radica en los hechos en sí, o en cómo han quedado asentados en la Historia, sino en la plausible teoría conspiratoria que los une. En los dos casos, los asesinos directos fueron identificados; juzgados y condenados, los de Uribe; linchado el de Gaitán. Gente humilde, alejada de los resortes del poder: ¿lobos solitarios?, ¿histéricos?, ¿desesperados?, ¿o esbirros al servicio de intereses nunca desvelados?

Prácticamente la mitad de la novela describe el proceso mediante el cual el autor (convertido en narrador en primera persona) pasa del racional escepticismo y la pereza ante las teorías conspiratorias del loco personaje Carlos Carballo, a un mínimo nivel de aceptación que le induce a profundizar en ellas. Aunque extensa, me parece necesaria esta sección: todos albergamos esas mismas dudas y esa misma pereza cuando leemos las locuras y rumores que circulan con respecto a atentados, accidentes o hechos trágicos. Es necesario un proceso de aceptación, que puede ser más o menos largo. Además, Vásquez plasma un utilísimo ejercicio metanarrativo al informar al lector de los hechos de su propia vida en ese periodo (varios años en su caso), de sus cambios de residencia, de sus problemas personales, de la génesis de sus novelas en ese tiempo. La novela describe su propio proceso de creación, de materialización física. Todo un documento literario. 

La otra mitad indaga en los dos asesinatos indicados. Tanto en su realidad histórico-periodística, como en su realidad alternativa, posible y cuasi-demostrada, pero oculta hasta el punto de no ser Historia, sino rumor conspirativo propio de locos y conspiranoicos. En un momento de máxima intensidad, el personaje antes mencionado le dice al incrédulo Vásquez:
Hay verdades débiles, Vásquez, verdades frágiles como un niño prematuro, verdades que no se pueden defender en el mundo de los hechos probados, de los periódicos y los libros de Historia. Verdades que existen aunque se hayan hundido en un juicio o aunque las olvide la memoria de la gente. [...] Eso que usted llama Historia no es más el cuento ganador, Vásquez, Alguien hizo que ganara ese cuento y no otros, y por eso le creemos hoy. O más bien: le creemos porque quedó escrito, porque no se perdió en el hueco sin fin de las palabras que sólo se dicen, o peor aún, que ni siquiera se dicen, sino que sólo se piensan. [...] no son ficciones, son muy reales: tan reales como cualquier cosa que se cuente en los periódicos. Pero no sobreviven. Se quedan por ahí, sin que nadie las cuente. Y eso es injusto. Es injusto y es triste (Pág. 488).
Más adelante, cuando el autor-narrador va impregnándose de lo que lee, ve y reconoce, reflexiona:
"En política, nada pasa por accidente", dijo una vez Franklin Delano Roosevelt. "Si sucede, es porque así se planeó". [...] Es tan aterradora la idea de que otros sepan ahora mismo que sucederá algo malo y no hagan nada para evitar el daño, es tan espeluznante incluso para quienes ya hemos perdido toda inocencia y hemos dejado atrás toda ilusión con respecto a la moralidad humana, que solemos tomar esa visión de los hechos como un juego, un pasatiempo para desocupados o crédulos, una estrategia inveterada para mejor lidiar con el caos de la historia y la revelación, ya mil veces probada, de que somos sus peones o sus marionetas. A la visión conspirativa respondemos entonces con nuestro bien entrenado escepticismo y con un punto de ironía [...] (Pág. 537).
Pero a esa verdad oculta no le basta un interés genérico y altruista para ser perseguida y desenterrada; necesita habitualmente de un motivo personal, de algo que afecte íntimamente al perseguidor de fantasmas. La razón que se apunta en la novela afecta a la historia colombiana, pero tiene un claro reflejo en nuestra actualidad española:
Es rara, la necesidad de una tumba. Es raro lo mucho que una tumba tranquiliza. Yo nunca he tenido esa tranquilidad de saber donde está ese cuerpo. Y no saber dónde están nuestros muertos es un tormento callado, un dolor por ahí metido, y jode mucho la vida. En realidad, lo que jode mucho es que no pase con nuestros muertos exactamente lo que queremos que pase. Es como si la muerte fuera el momento en que uno siente que ha perdido del todo el control sobre algo, porque claro, si pudiera evitar la muerte de un ser querido, siempre lo haría. La muerte nos quita el control. Y luego queremos controlar hasta el último detalle de lo que pasa después de la muerte. El entierro, la cremación, hasta las putas flores, ¿verdad? Mamá no tuvo esa posibilidad, y eso la atormentó siempre. (Pág. 531-2).
Si algo puede decirse en demérito de esta novela es, quizá, su falta de originalidad tanto en trama como en estructura. Varias novelas recientes tratan el tema de los magnicidios,
o construyen la narración con esquema autoficcional, o incluso hacen ambas cosas. En primera persona, y también con el autor como narrador, Héctor Abad Faciolince refiere en su lírica El olvido que seremos (2006) el asesinato de su padre en Medellín en 1987. El par hechos-sentimientos está siempre presente en este poético texto. La conspiración que culmina con el asesinato de Trotsky es el tema elegido por Leonardo Padura en El hombre que amaba a los perros (2009). Novela excelente, se separa de la que comentamos en la distancia que toma el autor, al interponer un narrador ficcional distinto del propio autor. Javier Cercas, en El impostor (2014) no trata asesinato alguno, sino la absorbente historia del Enric Marco, quien fingió toda su vida ser un superviviente de campos de concentración nazis. Pero adopta también la figura del autor-narrador y sigue el mismo esquema de novela que noveliza la propia confección del texto que el lector tiene en sus manos. Con el mismo esquema, Antonio Muñoz Molina en Como la sombra que se va (2014) investiga la figura de James Earl Ray, asesino de Martin Luther King, al tiempo que reflexiona sobre sus anteriores novelas y su propia vida privada. Siendo todas ellas obras magníficas, creo que Vásquez logra superarlas con la suya.

Léanla. Vale la pena.

Si tuviese oportunidad de volver a La caja de herramientas en busca de escritores colombianos poco conocidos, pediría "autores que no sean los consagrados García Márquez, Álvaro Mutis o Juan Gabriel Vásquez". Porque, si se me permite el lenguaje futbolístico... Vásquez juega ya en esa liga.

miércoles, 24 de febrero de 2016

ELENA FERRANTE: SAGA "DOS AMIGAS"


Lo confieso: tengo cierta prevención ante la narrativa de autoras. La escrita por mujeres. La llamada por algunos literatura femenina. A ver, no se me escandalicen: quizá más que prevención es pereza. Me explico antes de que dejen de leerme los adalides de la igualdad en todos los terrenos. 

Como es natural, tal prevención/pereza no deriva de dudas acerca del talento de las escritoras, independiente del sexo del autor. Es más, he disfrutado mucho con las novelas de Fernán Caballero y Pardo Bazán, con el fraseo de Virginia Woolf, la noir de P. Highsmith o Fred Vargas, los relatos de Alice Munro, el barroquismo de A. S. Byatt, la compleja naturalidad de Adelaida G. Morales y Elvira Lindo, o la espléndida última novela de Marta Sanz, por poner sólo unos pocos ejemplos. 

Al margen de las muestras de talento femenino que acabo de destacar (y de otras muchas no mencionadas), creo que hay en algunas autoras un cierto abuso del intimismo, un engolosinamiento en el yo femenino, en un punto de vista tan unidireccional que acaba hastiándome con facilidad. Por tanto, se trata únicamente de una cuestión de gusto personal que en absoluto pretendo irradiar hacia nadie ni, mucho menos, considerar como categoría inatacable.

Esta es la causa de que haya tardado tanto en enfrentarme a los cuatro libros, con casi 2.000 páginas, de la saga Dos amigas, de la escondida Elena Ferrante. Desde hace tiempo, y sobre todo en el último año, me llegaban voces de amigos (más bien amigas) que no cesaban de ordenarme con perentoriedad: "Tienes que leerlo". A su vez, los medios escritos alababan unánimemente el nuevo fenómeno editorial. La prestigiosa Ann Goldstein, editora del New Yorker, ha sido su traductora para el mercado estadounidense, lo que ha dado una etiqueta de indudable calidad a la obra y ha conseguido el aplauso de gente tan dispar como Gwyneth Paltrow o Alice Munro. En España, El Mundo (15/11/2015) compara esta tetralogía "con novelas monumentales (Los Buddenbrook o En busca del tiempo perdido)", y afirma que su prosa se sitúa "entre el hiperrealismo de la écriture féminine y la ensoñación vaporosa". En El País (11/11/2015) se recoge la afirmación de la editora italiana de Ferrante, Sandra Ozzola: "'Dos amigas’ continua la tradición de las novelas decimonónicas (Balzac, Austen, Zola…) pero al mismo tiempo son muy modernas por su estilo y su descarnada sinceridad”. En la solapa de la edición española de Lumen tampoco se cortan: "una saga napolitana que está destinada a convertirse en un clásico de la literatura europea del siglo XXI"; incluyen, además, opiniones muy favorables de Ken Follet y Juan Marsé. En fin, todo un éxito internacional.

Sin duda, la absoluta reserva que la autora mantiene sobre sí misma, ha acentuado la curiosidad de los lectores e incrementado las ventas. Nadie sabe quién es realmente Elena Ferrante. No aparece en la promoción de sus novelas, no da entrevistas en persona, no hay imágenes de ella. Incluso se ha especulado con que se trate de un señor, relacionado con su casa editorial. Si introducimos su nombre en Google aparecen nada menos que 845.000 entradas, de las que unas 55.000 son noticias periodísticas en las que predomina la cuestión de la identidad de Ferrante. Sea una decisión de marketing o lo sea de carácter estrictamente privado, la estrategia parece haber dado resultado. Los últimos comentarios apuntan a que la autora esté casi retratada en la narradora de la serie: mujer, de unos sesenta años, nacida en Nápoles, con formación en letras, etc. Babelia consiguió una entrevista con la autora (vía email, claro) que aporta alguna luz acerca de su pensamiento y su poética: Babelia (11/11/15). Entrevista a Elena Ferrante.

Dicho todo esto, ¿de la novela, qué? Vamos a ello. Quedará un poco extenso, pero... ¡es que son muchas páginas!

Se trata de una historia trazada a lo largo de sesenta años (1950-2010 aproximadamente), narrada en primera persona por una de las protagonistas (Elena-Lenú) y con Nápoles como referencia espacial fundamental. El propio título de la serie identifica el nervio principal de la novela: la relación entre la narradora (Lenú) y su amiga desde la infancia (Lina-Lila). Misma clase social, mismo ambiente de miseria y violencia, mismo barrio marginal. Las circunstancias harán que la primera (trabajadora, constante, respetuosa de las normas) continúe con su educación tras la escuela primaria, mientras que la segunda (inteligentísima, intuitiva, inconstante, rebelde, a veces bipolar) abandone los estudios. A lo largo de la novela, sus vidas se bifurcan y convergen de modo recurrente.

Pero este resumen sería simplista. Otras relaciones de alejamiento/acercamiento, con Lenú como eje, se trenzan con la principal y le dan profundidad. La personal, con Nino, su "amor eterno". La espacial, con Nápoles y el viejo barrio, del que huye y al que regresa como si de un fatum inevitable se tratara. Incluso la lingüística, entre su dialecto natal napolitano y el italiano culto que adquiere a lo largo de su formación y que quiere perder en cuanto se vuelve a internar en el barrio y habla con su amiga: 
Ella recurría al italiano como a una barrera, yo trataba de empujarla hacia el dialecto, nuestra lengua de franqueza. Pero mientras su italiano era traducido del dialecto, mi dialecto era cada vez más traducido del italiano, y las dos hablábamos en una lengua artificial. (IV, pág. 409).
La cultura, el estudio, la formación universitaria, suponen para Lenú el único modo de salir del barrio y de su violencia, de ser buena persona, de prosperar, de integrarse en la clase social a la que tanto ella como Lila aspiraban en sus sueños infantiles. En un momento de la novela hasta el jefe mafioso del barrio reconoce el poder de la cultura: 
Ah, sí, el que estudia se vuelve bueno. Hoy todo el mundo va a la escuela, todos con la cabeza hundida en los libros, y por eso en el futuro tendremos tanta bondad que nos saldrá por las orejas. Pero si no se lee y no se estudia, como le ha pasado a Lina, como nos ha pasado a todos nosotros, seguimos siendo malos, y la maldad es fea. (IV, pág. 414).
Pero, avanzada la narración, esto tampoco será completamente cierto. A la vista de los comportamientos de algunos personajes, la hija pequeña de Lenú, Elsa, le dirá a su madre:
...que no eran los libros lo que hacía buenas a las personas, sino las personas buenas las que hacían bueno algún libro. Subrayaba que Rino era bueno, y, sin embargo, nunca había leído un libro; subrayaba que su padre era bueno y que había hecho magníficos libros. El nexo entre libros, personas y bondad terminaba ahí.
No es una novela esencialmente violenta pero, como ya he apuntado, la violencia está siempre presente. No sólo la externa, la de la calle y sus luchas entre bandas, sino la intra-hogar, aquella que muestra como uso social el maltrato a la esposa, la novia o la amante. En un pasaje, la narradora observa a su hija pequeña jugando con otro niño: 
Jugaban a que eran la mamá y el papá con su niño, pero no en paz. Escenificaban una pelea. Me detuve. Dede le daba instrucciones a Mirko: Tienes que darme una bofetada, ¿de acuerdo? La nueva carne viva copiaba en broma a la vieja, éramos una cadena de sombras que desde siempre se representaba con la misma carga de amor, odio, deseos y violencia.
Tanto las relaciones ya apuntadas como otras que no detallo hacen evolucionar a una extensa gama de personajes (dentro y fuera del barrio) en el tablero espacio-temporal de una Italia entre la posguerra y los años más recientes. En este plano, la novela puede parecer un tanto excesiva. Urgida por la necesidad de mencionar todos los temas sociales, políticos o económicos relevantes, la autora acumula acontecimientos. Vemos desfilar a las
bandas fascistas supervivientes de la derrota en la Guerra Mundial (que derivarán en delincuencia organizada), a los incipientes movimientos marxistas (que acabarán en las Brigadas Rojas), al desencanto por la diferencia entre teoría y praxis revolucionaria (que culminará en la integración de los activistas en las estructuras del eurocomunismo, la democracia cristiana, las logias masónicas, y después en la corrupción más exacerbada), a la lucha por los derechos de la mujer, al desastre del terremoto napolitano de 1980, etc. Incluso aparecen tangencialmente el incidente nuclear de Chernobyl y el ataque a las Torres Gemelas. Todo, está todo, venga o no a cuento. Ferrante parece querer enmendar en su texto el defecto que un activista revolucionario achaca a la primera y exitosa novela de su protagonista, Lenú. En un ejercicio metanarrativo, el personaje dice del contenido de ese primer libro:
Dentro no hay gran cosa, Elena. Te escudas en amoríos y afanes de ascenso social para ocultar justamente lo que valdría la pena contar.
Y Ferrante-Lenú se pone a contarlo. Y, en mi opinión, se le va la mano.

Coincido con la editora italiana en que la novela continúa con la técnica narrativa del realismo decimonónico. Puede ser que el éxito de esta saga sea precisamente el de la recuperación de la narratividad, el del placer de leer una historia lineal, de seguir los devenires de unas familias y unas relaciones interpersonales. El esquema de la novela es el mismo que el que podemos observar en la serie de la Comedia Humana de Balzac, o en los Episodios Nacionales de Galdós: unos personajes de ficción insertados en hechos reales más o menos históricos. En lo que no estoy de acuerdo es en que sea "muy moderna, por su estilo y su descarnada sinceridad". ¿La sinceridad da modernidad a una novela? ¿El estilo lineal, con una sola voz y un único punto de vista es moderno? Lo dudo. 

La narración decae notablemente cuando se empantana en las digresiones de la protagonista sobre sí misma y sus sentimientos, cuando se harta de feminidad: se me hace pesada, en línea con lo que ya he comentado al inicio de esta reseña (gusto personal, desde luego). En cambio crece, se ensancha y vibra cuando aparece el personaje de Lila. No tiene voz propia (se recurre al manido recurso del manuscrito encontrado), pero brilla, destacan sus contrastes no siempre explicados racionalmente, emociona en fin. Se echa de menos una contra-novela, una versión desde el punto de vista de la que se queda en el barrio, vive y sufre, sube y baja, actúa y se arrepiente.

El léxico y la sintaxis, en la traducción de Celia Filippetto (no conozco ni sabría apreciar el original en italiano) son fluidos y sin chirridos, salvo algún giro, reiterado, que me suena a catalán (la conocida expresión "ya me va bien", por ejemplo). La autora evita explicitar el dialecto napolitano, sustituyéndolo por expresiones del tipo "lo dijo en dialecto"; creo que esta renuncia va en favor de la inteligencia del discurso para el lector no napolitano.

En resumen, novelón. No creo que se trate, como dicen en la solapa, de "una obra destinada a convertirse en un clásico de la literatura europea del siglo XXI", eso el tiempo nos lo dirá. Pero se lee con agrado y es mejor que otras novedades editoriales que he tenido el disgusto de leer. Cuando estoy acabando este texto, me entero de que una productora italiana prepara una serie de TV de 32 capitulos (!!!). Si la hacen con medios, tendrá éxito. Seguro.

Revelada la identidad de Elena Ferrante (El País, 3-10-2016)


martes, 7 de julio de 2015

STENDHAL Y SYRIZA



En 1825, publicó Stendhal el folleto Racine et Shakespeare. Nº II ou réponse au Manifeste contre el Romantisme prononcé por M. Auger dans une séance solennelle de l’Institut, par M. de Stendhal. El entonces romántico autor encabezaba el opúsculo con un sintético diálogo y un colofón: 
El viejo: - Prosigamos.
El joven: - Examinemos.

He aquí todo el siglo XIX. 
En su interesantísimo trabajo, “Stendhal en España. Un siglo de recepción crítica 1835-1935”Google Books, Inmaculada Ballano afirma: “Con exquisita brevedad quedaba definido el gran conflicto de todo un siglo: frente al continuismo clásico, el espíritu de discusión, de crítica, de progreso, que durante años adoptó el nombre de romanticismo y luego, como sabemos, adoptaría otros”.

Empleo la mayor parte de estos días de clima agobiante en la lectura del libro de Ballano, pero no puedo aislarme del apasionante momento político por el que pasa el constructo Unión Europea tras el osado desafío que el referéndum griego ha supuesto para los dirigentes (más mercaderes que políticos) con que hoy contamos en esta suprainstitución.

Quizá fuera por el insoportable bombardeo tertuliano en los medios, quizá por el calor que nubla a veces el entendimiento, quizá por la edad, que ya lo va enredando permanentemente… El caso es que, al leer las palabras de Stendhal, tuve que dejar el libro. Tenía en mis manos un tratado de teoría y crítica literaria, pero esas tres líneas redactadas hace casi doscientos años para definir un conflicto literario se me revelaron como el mejor resumen del otro conflicto: el político y social en que ahora estamos metidos.

Por un momento imaginé una de esas viñetas con las que otro ilustre literato, El Roto, nos golpea cada mañana en el diario El País: en un lado de una mesa, un viejo vestido de negro, con sombrero de copa y la insignia azul con estrellitas de la Unión Europea, diría “Prosigamos”; en el otro, un joven con camisa blanca y el emblema de Syriza respondería “Examinemos”.

Nuestro mundo, el literario y el material, siempre se ha movido y ha evolucionado a través de esta dialéctica. Los del Prosigamos han intentado perpetuar su posición, mantener el statu quo, imponer su poder, trasladar el miedo mientras se escandalizan por las aventuras y ocurrencias de quienes se les oponen. Los del Examinemos pretenden cuestionar, romper las reglas, crear otras que puedan mejorar la situación a la que los primeros nos han conducido. ¿Materialismo dialéctico? Quizá sí. Pero más allá de etiquetas filosóficas, es esta dicotomía romántica la que nos ha traído desde la prehistoria hasta hoy.

¿A qué el escándalo? ¿Qué tienen que perder los griegos con este movidón? ¿Qué tenemos que perder los ciudadanos europeos con el temblor de las estructuras? ¿No lo estamos perdiendo todo ya? Examinemos, no prosigamos; imaginemos y refundemos.

Stendhal se equivocó en sus palabras. La dialéctica Prosigamos-Examinemos no era sólo el reflejo del siglo XIX. Es el resumen de todos los siglos que la humanidad ha conocido. Y será la guía de los próximos. Seguro.

jueves, 19 de febrero de 2015

ROBERTO "EL NEGRO" FONTANARROSA - CUENTOS REUNIDOS


Algunos amigos (incluso anónimos lectores del blog, pero sólo por serlo les considero también amigos) me dicen que mis reseñas de libros y autores les han impulsado a leerlos por primera vez. Lo que no me han dicho es si esas lecturas han resultado tan gratificantes como mi comentario les prometía. Confío en que sí. Incluso una querida amiga transoceánica me ha augurado un brillante futuro profesional como redactor de notas necrológicas (Gabo, Alvite...). Me lo estoy pensando en serio.

Enardecido por estos amables estímulos, voy hoy con un autor escasamente popular en España, pero un auténtico mito en Argentina y otros países hispanoamericanos: Roberto "El Negro" Fontanarrosa (1944-2007). Humorista gráfico, cuentista, novelista, articulista, guionista y, sobre todo, un tipo muy humano y divertido, era un apasionado del fútbol (forofo absoluto del Rosario Central) y de las minas. Fue también colaborador en algunos de los espectáculos de Les Luthiers.

Aunque su actividad principal fue durante muchos años el dibujo de viñetas en la prensa argentina, pronto se inició también con los cuentos. Cuentos maravillosos, surrealistas unos (con aire confesadamente borgiano), futboleros otros, siempre plásticos e irreverentes. En Youtube podemos acceder a muchos de ellos, representados. Pero, en mi opinión, como mejor se disfrutan es leyéndolos, imaginándote los personajes, las situaciones, disfrutando y recreando la maravillosa dicción porteña o rosarina, releyendo los párrafos para exprimir el jugo de la palabra precisa, nunca accidental o inocente.

Alfaguara (2003-2004) publicó dos extensos volúmenes con sus Cuentos reunidos. Son 1.600 páginas (¡nada menos!), pero créame quien me lea: se hacen cortas. Mis ejemplares están ya un poco
estropeados de tanto leerlos: hace años que (a pesar de su tamaño) siempre meto uno de los tomos en la maleta de mis vacaciones. Entre lecturas extensas (profundas o livianas) intercalo la relectura de algún cuento de Fontanarrosa y nunca me defrauda. En cada repaso encuentro un giro nuevo, una expresión que se me había escapado y que aporta un matiz revelador al personaje o a la trama.

En Chatarra, los futbolistas pasados de moda o en baja forma viven en un desguace, en un basural. Allí los agentes oportunistas buscan al delantero, el medio centro o el defensa que un club de tercera necesita. Y allí siguen cuando no son lo que el agente precisa, allí esperan. En El polvorín ignorado tenemos noticia de la guerra declarada entre Ecuador y Nepal (guerra de trincheras, claro) y que durante 40 años ha sido ignorada por los organismos internacionales, hasta que Nepal pide en la ONU que se declare a Ecuador País Limítrofe. En Bebina, soy Alicia, el espíritu de una difunta dama, que odia todo lo vulgar y terrenal y ama los sublimes versos de Garcilaso, se eleva en busca de la perfección. La encuentra al fin en el rostro de San Pedro y, cuando cree llegado el final de tanto alternar con mediocres, vulgares y procaces, oye al portero de Dios preguntarle "¿Trabajás o estudiás, flaquita?"

Lo malo de reseñar libros de relatos que admiro es la tentación de hablar de todos ellos. Quimera imposible que me llevaría al cuento borgiano del topógrafo que pretendía hacer un mapa de toda la superficie de la Tierra a escala 1:1. Me limitaré a lo ya dicho y recoger párrafos de un cuento elegido al azar, abriendo uno de los tomos por cualquier parte. Me ha salido Sobre la podrida pista. Aquí Fontanarrosa hace una parodia de la novela negra americana, al más puro estilo hard-boiled. Finge editar una novela (la del título del cuento) del malogrado novelista apócrifo Joseph Arcangelo y, tras una hilarante nota editorial, incluye los comentarios que habitualmente aparecen en las solapas de las novelas:
Dijeron de "Sobre la podrida pista": 
Evening Post. Walter Fergusson (crítico literario): "Jospeh Arcangelo, por su tenaz manejo de la sintaxis y un ortopédico dominio de la didascalia, podría, fácilmente, encaramarse junto a Tennessee Williams, Joyce y Carlos Marx. Prefirió, no obstante, reflejar el descarnado y cotidiano mundo que lo rodeaba,o bien le oprimía, en un género considerado secundario, con la satánica precisión de una aguja hipodérmica y la conmovedora dignidad de una jaqueada rata almizclera".
Times: "... la cosmogonía particular de un saturado ambiente delictivo, reflejado con la poética paciencia que sólo puede alcanzar un reiterado merodeador del lisérgico."
Saturday Post: "... cruel, agudo y, ¿por qué no?, libidinoso..."
Ebony: "... una fatigosa praxis de violencia congénita propone al lector de "Sobre la podrida pista" la más irreflexiva, catódica, agobiante, visceral y despiadada excursión de la mente por los redaños mismos de la hermenéutica". 
Kissinger: "... cuando leí "Sobre la podrida pista" y me sorprendí sollozando como un chicuelo, comprendí absorto que debíamos rever toda nuestra política petrolera en Oriente Medio".
Tras estas notas, se inicia la novela propiamente dicha:
Joe "Sobaco" Mulligan había sido, presumiblemente, asesinado de treinta y ocho balazos. Se descartaba la posibilidad de  un accidente. "Este es un caso para Stuart", musitó el alguacil Forrester, y veloz como una cobra discó seis o siete números en total desorden. Atendió Stuart y Forrester le dijo: "Stuart, han asesinado a Joe "Sobaco" Mulligan de treinta y ocho balazos". [...] "Voy para allá", ladró Stuart y colgó el tubo con violencia inusual partiendo el aparato en quince pedazos. Veinte minutos después Stuart, más conocido por "Manopla" Stuart...
[...] - ¿Sabes cómo murió Joe? ¿Quieres que te lo diga? -la amenazó Stuart-. Lo de Joe fue un sacrificio ritual como yo he visto cientos en Uganda. Detrás de la oreja, bajo el pelo, tenía un pequeño orificio producido por un dardo envenenado. Un veneno que usaban los nativos en Uganda y que sacan de una pequeña flor rojiza, muy dulce que crece a la sombra de las piedras calizas y a la que llaman Agiga y que en dialecto Ubo significa pequeña flor rojiza muy dulce que crece a la sombra de las piedras calizas.
- ¿Y por qué entonces los treinta y ocho balazos? -arriesgó Blonda con la ingenuidad de una tarántula con malestar hepático.
- Los treinta y ocho balazos se los pegaron antes, para desconcertar, pero lo que le ocasionó la muerte fue el dardo, cariño. [...]
Posiblemente no sea su cuento más representativo, pero creo que sirve a mi intención de señalar uno de los registros del autor, el paródico. 

En el 2004 participó en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en su Rosario natal. Si el lector de este blog ha llegado hasta aquí y dispone de quince minutos adicionales, disfrutará viendo su intervención en el mismo, que versó sobre Las malas palabras. Educativo y desternillante. Las malas palabras

En 2003 le diagnosticaron esclerosis laterar amiotrófica (ELA). Murió cuatro años más tarde. Nota de prensa en su fallecimiento

Si después de todo esto, alguien decide leer a Fontanarrosa, descubrirá un autor imaginativo, fresco, duro a veces, tierno a menudo, siempre mago del lenguaje y del humor (incluso negro).

Si ese alguien tiene curiosidad, pero no se decide a afrontar los dos tomos a los que me he referido, siempre contará con Youtube, pero no es lo mismo. Cuentos de Fontanarrosa






jueves, 22 de enero de 2015

LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA. VIDA E HISTORIA


Acabo de concluir la lectura de este libro, publicado el pasado año (Víctor García de la Concha, La Real Academia Española. Vida e historia, 1.ª edición. Madrid: Espasa Calpe, 2014). Aunque, transcurridos siete meses desde su aparición, ya no pueda calificarse de novedad editorial, creo que puede tener alguna utilidad el dar aquí noticia y reseña de una obra escrita con clara intención divulgativa, pero no exenta de seriedad en sus 479 páginas (389 de texto más otras 90 con apéndices, y fotografías), publicada dentro del programa de celebración de los 300 años de la institución.

El autor, ex director de la Academia y actual director del Instituto Cervantes, se ha propuesto ofrecer un relato secuencial que "al discurrir del tiempo y en estrecha relación con el acontecer político, social y cultural, muestre qué hacía la Academia en cada momento, cómo ha reaccionado a las demandas de cada época". Se basa para ello tanto en la Historia de la RAE, de Alonso Zamora Vicente (1999) como, sobre todo, en documentos y actas de la propia academia. 

En siete grandes capítulos, más una Crónica final que recoge un resumen de su propia actividad como director, ha sabido, a mi entender, entrelazar de forma amena tres grandes bloques de temas a lo largo de 300 años de historia: desde su fundación en 1713-4 por el Marqués de Villena (y sus ilustrados contertulios) hasta la época en que fue director Fernando Lázaro Carreter. El primero se refiere a la propia configuración jurídica y estructura de la Academia; el segundo, a su actividad como generadora de sus conocidos textos (Diccionarios, Gramáticas, Ortografías, etc.) y a la historia de los mismos; el tercero, a las relaciones entre la política de cada momento y la actividad académica.

Asistimos, en el primer caso, a las vicisitudes de la, desde su inicio, proclamada autonomía de la institución: la protección real de Felipe V, la reforma de Luzán, la expulsión de los jesuitas en tiempos de Carlos III, el impacto del absolutismo de Fernando VII y la reacción liberal, el nacimiento de las Academias correspondientes americanas, el intento de eliminación de la RAE durante la dictadura de Primo de Rivera, el florecimiento republicano, el sojuzgamiento sufrido durante la Guerra Civil y la posguerra, la creación de la Asociación de Academias de la Lengua Española, etc.



Los epígrafes que, dentro de cada capítulo, se dedican a la historia de la redacción de los Diccionarios (desde el de Autoridades de 1726), Gramáticas, Ortografías, y de la creación de corpus como CREA, CORDE y CORPES, tienen un enorme interés para especialistas, pero pueden resultar de lectura ardua para el lector común. Aun así, creo que para todos será estimulante leer las palabras que Dámaso Alonso incluyó en su ponencia "Unidad y defensa del idioma", en el II Congreso de las Academias de la Lengua Española (Madrid, 1956), que (con el lejano antecedente de Andrés Bello) marcarían una nueva concepción panhispánica de la lengua:
Que la lucha por la "pureza" del idioma pudo ser el santo y seña del siglo XIX, pero que hoy ya no puede ser nuestro principal objetivo: nuestra lucha tiene que ser para impedir la fragmentación de la lengua común. ¡Bienvenida una impureza, un extranjerismo, si se adapta bien a nuestras costumbres fonéticas y todos los hispanohablantes lo adoptamos a una!. "Unidad idiomática": esa debe ser nuestra principal preocupación.
Si el anterior puede ser el bloque más denso de asuntos, el relativo a la interrelación política-sociedad-Academia creo que es el más ameno y el que da más juego. 

Muy ilustrativo resulta todo lo relativo a la presencia (deplorable ausencia, más bien) del elemento femenino en la Academia. Para mí ha sido un descubrimiento el hecho de que en 1784 
(tiempos de Carlos III y Jovellanos) se designara académica honoraria (con voz y sin voto) a una jovencita de 17 años, doña María Isidra Quintina de Guzmán y de la Cerda (en la imagen), de quien no consta que acudiera a sesión alguna. Peor suerte corrió la candidatura de Gertrudis Gómez de Avellaneda, quien en 1853 pretendió acceder al sillón de su maestro Juan Nicasio Gallego, tras el fallecimiento de éste. A pesar de sus bienintencionadas intrigas (una campaña de captación de votos, en toda regla) no logró su objetivo: ante la ausencia de disposiciones reglamentarias al respecto, los académicos votaron negativamente a la pregunta "¿Son admisibles o no las señoras a plazas de número de la Academia?". Pardo Bazán lo intentaría de nuevo en 1912 con idéntico resultado. Habría que esperar a 1979 para que una mujer, Carmen Conde, consiguiera un sillón en la docta institución.

Las polémicas, disputas y navajazos fueron frecuentes en la selección de académicos. La preterición de Galdós por Commelerán (1889) dio pie a violentos cruces de escritos entre los intelectuales del momento. Las afinidades políticas eran un elemento clave en una época en la que las sesiones de la Academia podrían considerarse Consejos de Ministros, dada la abundancia de estos en la institución. Lo mismo le ocurriría a Azorín en 1908, desplazado por el ministro Navarro Reverter. 

El talante oficialista del autor, y quizá cierto ánimo de evitarse enemistades, hace que trate críticamente, pero a vuelapluma, algunos de los episodios más denigrantes durante la dictadura de Franco, sobre todo si sus protagonistas fueron académicos. Aun así, refleja (sin opinar al respecto: seguramente no es necesario) exactamente el juramento que redactó Eugenio D'Ors para los nuevos académicos en los primeros años de la posguerra. Todo un documento:
Señor académico, ¿juráis a Dios y ante nuestro Ángel Custodio servir perpetua y lealmente al de España, bajo imperio y norma de su tradición viva; en su catolicidad, que encarna el Pontífice de Roma; en su continuidad, hoy representada por el caudillo salvador de nuestro pueblo?
En resumen, que esto ya va quedando muy largo, obra divulgativa, interesante para los entusiastas de la filología y de nuestra lengua, e ilustrativa y amena para quienes sólo se acerquen a ella con ánimo de pasar el rato. Prosa culta, pero sencilla, si bien en algunos pasajes los periodos parecen muy extensos, lo que puede dificultar la lectura común. 

Vale la pena leerlo.

martes, 20 de enero de 2015

JOSÉ LUIS ALVITE. UNA NECROLOGÍA

Ha muerto José Luis Alvite.

Es posible que muchos no sepan nada de este señor. Yo mismo lo descubrí muy tarde: un verano en el que me quedé sin libros durante unas vacaciones en la costa. En el quiosco del pueblo no había mucho para elegir, sólo algún best-seller del momento. Pero en una estantería alta, llena de polvo, junto a una serie de novelas rosa (de la serie Jazmín, me parece que eran) descubrí un librito suyo, Historias del Savoy, en la para mí desconocida Editorial Ézaro. Lo escogí por descarte y lo abrí al azar. En la página 67 leí el título de lo que parecía un artículo o un cuento: “El amor es algo muy resistente; se necesitan dos personas para acabar con él”. Me pareció ocurrente y seguí:

Mucha gente se equivoca. En vez de llenar su vida de emociones, la llena de muebles. Al principio el amor puede con todo. Te enamoras y no necesitas gran cosa para salir adelante. Te parece que por aquella mujer valdría la pena vivir sin nada, sólo pendiente de saltar de cama y mover el coche en doble fila. Pero pasa el tiempo y el amor te pide salir de casa, hacer un viaje fascinante a uno de esos países cuya Constitución es la receta de la piña colada. Y el amor se resiente…

No pude resistirme. Lo compré de inmediato y devoré esa misma tarde los seis relatos, o artículos o reflexiones (¡yo qué sé!) que contenía. Quedé absolutamente subyugado por su prosa amargada, triste, alcohólica… poética. Por frases como puñetazos, a lo Dashiell Hammett o Raymond Chandler, pero con más lirismo. Por el ambiente de humareda y jazz del Savoy. Por personajes de los que quería saber más y más: Ernie Loquasto, el jefe del club, “un tipo tan escarmentado por la vida que ya sólo se da prisa para perder el tiempo”; Larry Williams, el pianista, “un tipo que en los ensimismados momentos de nostalgia, toca suave como si interpretase a Gershwin con las manos en los bolsillos”; Lorraine Webster, “una mujer que no pasa inadvertida en el retrete de caballeros”; por otros muchos perdedores que, aun episódicos, consiguen fijarse en tu memoria para siempre.

Ya en casa, a mi regreso, procuré documentarme un poco. Era un periodista gallego (y, además, empleado de banca), al parecer conocido por sus columnas en La Razón y sus colaboraciones radiofónicas en los programas de Carlos Herrera, en Radio Nacional, primero, y en Onda Cero, después. Confieso mi prevención: no eran ni medios ni comunicador que me inspirasen confianza alguna, más bien me repelían. Por eso, al comprar un nuevo libro suyo, Almas del nueve largo, me propuse leerlo de modo menos espontáneo, más reflexivo, buscando entre sus párrafos la ideología oculta que me haría descalificar al autor. Estúpido planteamiento, desde luego, del que afortunadamente me desprendí nada más iniciar la lectura del nuevo volumen. Me daba igual azul que rojo, conservador que progresista, lo realmente embelesador seguía siendo su prosa: “Sólo soy un tipo en cuya biografía lo más brillante es la fe de erratas”.

Desde entonces fui seguidor absoluto del escritor. No en los medios en que intervenía (seguían repeliéndome), pero sí a través de los libros en los que recolectaba sus intervenciones y de los videos de Youtube en los que aparecían algunas de ellas.

Hace dos años, cuando supo de su enfermedad, y no podía ya acudir al programa radiofónico, remitió una carta a su “jefe”, Carlos Herrera. La leo ahora y veo en ella no a Alvite, a quien no conocí,  sino a su personaje Ernie Loquasto, casi íntimo amigo mío:

Querido Carlos Herrera: Por primera vez no puedo culpar de mi ausencia a la desidia, ni alegar que una monada ciega de Denver me salió al paso y sin motivo alguno se encaprichó conmigo. Tampoco me servirá de excusa la vieja historia de cuando era un niño muy delgado y el viento al azotar me levantaba del suelo y me cambiaba de acera, de raza y de familia. Esta vez es el cáncer, amigo Herrera, esa cosa que yo pensaba que en mi caso sólo podría ser una mancha que, puesto en lo peor, haría una metástasis como de tebeo en la tapicería del coche. Cáncer de colon y cáncer de pulmón. Dos golpes en un solo mazazo. Fue algo desproporcionado, como encontrar un centollo en el interior de una almeja, pero, ¡qué demonios!, tantos años entre el humo del Savoy me enseñaron que la penumbra te salva del disgusto de que con la luz descubras que en la cola del piano no estaba sentada la mujer con la que contabas, sino el tipo impasible que viene a precintar las manos del pianista. Es una de esas veces en mi vida que la peor noticia no me la da Hacienda. ¡Qué quieres que te diga!, el caso es que lo he encajado sin pestañear, no porque sea un valiente, sino, sencillamente, porque siempre supe que el mío en la vida sería un viaje en el que inesperadamente al tren se le acabarían por detrás el humo, y por delante, las vías. No sé, Carlos, amigo mío, …estas cosas ocurren y seguro que tienen algún sentido. Dice mi oncólogo que «la situación es muy comprometida» y eso significa que mi buena suerte puede haber cambiado a peor y que la vida ya no me dará la siguiente patada en el culo apócrifo de otro hombre. No importa. Ojalá pueda volver a tu lado. Y si no vuelvo, por favor, piensa que fue sólo porque me empeñé en el estúpido sueño de llegar por ferrocarril a una ciudad sin tren. Jose Luis Alvite.

Murió el jueves pasado. Es posible que quien lea esto no me entienda, pero me he creído en la obligación de hacer una humilde necrología por alguien que considero menos conocido en nuestro mundo cultural de lo que realmente se merecía, un periodista magnífico, un escritor brillante, un artista de la frase corta, un poeta. Si con ello logro captar algún adepto para sus textos, consideraré que estas líneas han cumplido su objetivo.

Descanse en paz.

[Como muestra de sus sentencias, valgan algunos subepígrafes de Historias del Savoy:
  • Detesto relacionarme con esa gente aburrida y saludable con la que únicamente podrías coger el vicio de no fumar.
  • El éxito es el único fracaso que se puede permitir un tipo como yo.
  • El ambiente estaba tan cargado que casi no se veía el humo.
  • Según el jefe a una corista el humo es la prenda que mejor le sienta.
  • Para muchos de los mejores músicos de jazz, una jam session no era más que una honda y alucinante manera de hacer tiempo entre dos condenas.
  • Me gustaría saber cómo hizo Sinatra para caer tan alto.
  • La distancia más corta entre dos puntos es un bolero.
  • El amor eterno es aquel cuyo fracaso se recuerda siempre.]

Para introducirse en el mundo del Savoy, puede servir esto: 

sábado, 21 de junio de 2014

SUSTRATO IDEOLÓGICO EN LA ¿OLVIDADA? LEY WERT


La semana pasada asistí a una de esas cenas de matrimonios tan habituales en cuanto llega el buen tiempo y se puede alargar la velada en una terraza, a la luz de la luna y con el eficaz impulso que una larga secuencia de gin-tonics aporta a la conversación.

Tras agotar temas tales como las elecciones europeas, el fin de bipartidismo, el influjo mediático de una coleta en el éxito de “Podemos”, y el debate república-monarquía, acabamos debatiendo acerca de la reforma educativa del ministro Wert. Parece un tema ya olvidado pero, cuando despertemos... “el dinosaurio (la reforma) todavía estará allí”.

A pesar de las lógicas diferencias ideológicas de los presentes en la cena, podría afirmar que todos compartíamos una posición progresista en nuestra concepción social. Aun así, surgieron dos grupos diferenciados: los que veían en la ley Wert la materialización de una reforma necesaria en tiempos de ajuste económico, y los que opinábamos que, si las reformas pueden considerarse necesarias y todo está sujeto a revisión, el texto aprobado por nuestro poder legislativo es una regresión en toda regla y supone un desgarro enorme en el tejido de igualdad de oportunidades que en los últimos decenios habíamos conseguido.

Los primeros hablaban de abusos al amparo del sistema, de los estudiantes perpetuos que viven de la sopa boba, de la ausencia de mala fe en un ministro que, tal vez, solo ha pretendido solucionar cuestiones presupuestarias y en quien no cabría encontrar una ideología retrógrada sino simple pragmatismo. Los segundos, por el contrario, veíamos un indudable sustrato ideológico en la reforma emprendida, un “llevar al BOE” las más rancias ideas anti-igualdad de las doctrinas preconstitucionales.

Uno de los insaciables bebedores de gin-tonic aportó al debate dos referencias que, por ignorancia de los demás (o porque también sufríamos de los efectos del mágico elixir), prácticamente pasaron desapercibidas en el calor de la discusión. Relacionó la actual reforma educativa con las hoy olvidadas tesis del doctor Antonio Vallejo-Nájera y con el famoso artículo que en los años 80 escribió Mariano Rajoy en El Faro de Vigo.


Entre las brumas de la mañana siguiente (a mi edad uno ya no se recupera como antes) recordé esas referencias y me propuse documentarme un poco. El doctor Antonio Vallejo-Nájera fue una especie de “doctor Mengele” español y, desde su dirección de la Clínica Psiquiátrica de Ciempozuelos, realizó todo tipo de atrocidades y experimentos con presos republicanos a la búsqueda de la malformación genética que llevaba al marxismo. Sí, hay que leerlo otra vez para creerlo: el tipo buscaba el origen del “gen rojo”. Una breve lectura de algunos de sus textos te deja el cuerpo mal (quizá por eso tardé en recuperarme de la noche anterior). De trabajos como La locura y la razaPsicopatología de la guerra españolaEugenesia de la hispanidad y regeneración de la raza o Psiquismo del fanatismo marxista, entresacamos párrafos como los siguientes:

"La idea de las íntimas relaciones entre marxismo e inferioridad mental ya la habíamos expuesto anteriormente en otros trabajos. La comprobación de nuestras hipótesis tiene enorme trascendencia político social, pues si militan en el marxismo de preferencia psicópatas antisociales, como es nuestra idea, la segregación de estos sujetos desde la infancia, podría liberar a la sociedad de plaga tan terrible".

"La perversidad de los regímenes democráticos favorecedores del resentimiento promociona a los fracasados sociales con políticas públicas, a diferencia de lo que sucede con los regímenes aristocráticos donde sólo triunfan socialmente los mejores".

"El imbécil social incluye a esa multitud de seres incultos, torpes, sugestionables, carentes de espontaneidad e iniciativa, que contribuyen a formar parte de la masa gregaria de las gentes anónimas".

“A la mujer se le atrofia la inteligencia como las alas a las mariposas de la isla de Kerguelen, ya que su misión en el mundo no es la de luchar en la vida, sino acunar la descendencia de quien tiene que luchar por ella.”

“La «standardización» cultural de los humanos mediante los métodos democráticos de educación termina por degenerar las razas. Es imposible formar los inferiores por los mismos métodos que los superdotados. La proletarización de la cultura hace que las universidades se conviertan en escuelas de artes y oficios. Nadie se dedicará a las ciencias especulativas, prefiriéndose las de aplicación práctica.”

 “Al superdotado hay que formarlo con especial cuidado, a fin de que se desarrollen en grado óptimo sus aptitudes. Las clases intelectuales han de constituir en el cuerpo social una minoría selecta, sin que por eso absorba a todas las demás fuerzas vivas de la raza.
La proletarización de la cultura extingue la inteligencia y el sentido moral de las masas, destruye la belleza y el refinamiento, aplebeya las ideas, fomenta insensatas ambiciones, desplaza a muchos biotipos del lugar social que les corresponde por sus aptitudes y degrada, al fin, la raza.”

Si tenemos en cuenta que este señor fue catedrático de Psiquiatría en la Universidad de Madrid hasta el año 1959, podemos imaginar el influjo de sus ideas entre las clases que entonces podían permitirse la Universidad.

El señor Rajoy, por su parte, publica en El Faro de Vigo, en 1983 (cuando era diputado de Alianza Popular en el Parlamento Gallego), un artículo “rompedor”, con el título “Igualdad humana y modelos de sociedad”. 
Tras remontarse a las leyes de Mendel y al cromosoma, como fundamentos de la intrínseca desigualdad humana, concluye afirmando que los modelos llamados progresistas son, en realidad, un claro atentado contra el progreso, porque…

“Contrarían y suprimen el natural instinto del hombre a desigualarse, que es el que ha enriquecido el mundo y elevado el nivel de vida de los pueblos, que la imposición de esa igualdad rebajaría a cotas mínimas al privar a los más hábiles, a los más capaces, a los más emprendedores… de esa iniciativa más provechosa para todos que la igualdad en la miseria, que es la única igualdad que hasta la fecha de hoy han logrado imponer”.

No sé si las ideas abiertamente nazis de Antonio Vallejo-Nájera habían sido ya asimiladas por Rajoy, pero sus textos “se dan un aire”. ¿O no? 

Llegados a este punto, y como resultado de una etílica velada de pre-verano, se reafirma mi posición con respecto a la ley Wert. No se trata de pragmatismo, no se trata de limitaciones presupuestarias, se trata de IDEOLOGÍA, así, con mayúsculas. De una ideología forjada en los "años de hierro" de las doctrinas de extrema derecha, cuyo máximo impulsor desde el pseudo-cientifismo fue el doctorcito mencionado, y que hoy parecen recuperadas con un leve lavado de cara ¿Qué es esto de la igualdad en la educación? ¿Por qué invertir en los desiguales y en los poco capaces? ¡Qué desvarío pensar en el desarrollo humano de las masas iletradas! Selección aristocrática: esa es la solución que debe implantarse. ¿A alguien le puede quedar alguna duda de las intenciones de esta gente?

La velocidad de las noticias y la variabilidad de los titulares mediáticos han llevado a un segundo (o tercero, o cuarto) plano el gravísimo asunto de la ley Wert. No lo olvidemos. Tenemos que luchar contra legislaciones de este tipo. Hay que acabar con esta ley.